Lecciones del Covid-19

Cd. de México (Reforma).- El ser humano tiene que aprender de las experiencias vividas, algunas serán buenas, otras tremendamente difíciles, pero al final lo que uno debe hacer es reflexionar sobre el por qué y para qué de los sucesos que experimentamos día a día.

Finalizaba el 2019 y veíamos con cotidianidad la llegada de un nuevo año, el mundo parecía girar en esa rutina donde la economía, la política y la desigualdad eran los temas que dominaban el pensamiento de la mayor parte de los que poblamos el planeta. Ese mismo día, el último del 2019, China anunciaba a la Organización Mundial de la Salud (OMS), el brote de un virus nuevo, en una ciudad importante del Este, un sitio para la mayoría desconocido, llamado Wuhan. Esta nueva historia comenzaba y el mundo no volvería a ser el mismo.

Seis meses después, se han alcanzado los 10 millones de casos y el medio millón de muertes, el virus ha llegado a todos los rincones del planeta y parece un tsunami sin freno. Dentro del caos, el miedo y la frustración, tendríamos que analizar cuáles han sido las lecciones que esta pandemia ha dejado para el futuro de la humanidad.

La primera, es reconocernos como seres vulnerables. Hemos logrado aumentar la sobrevida del ser humano en prácticamente el doble, de 40 años en 1850 a 80 años en el 2020. El descubrimiento de la penicilina por Arthur Flemming en 1928 marcó el inicio del desarrollo de múltiples antibióticos con lo que se logró controlar y tratar la mayoría de las enfermedades gastrointestinales y respiratorias, lo cual constituía la principal causa de mortalidad infantil. Los programas de vacunación lograron erradicar a la viruela en 1977, un virus que causó más de 300 millones de muertes a lo largo de la historia, el desarrollo tecnológico permite actualmente que una cirugía sea realizada por un robot. Todo apuntaba a que el hombre evolucionaba hacia el homo deus, de Yuval Noah Harari, fue entonces cuando el SARS-Cov 2, mejor conocido como Covid, un virus desconocido, una partícula invisible a los ojos humanos, mostró que somos homo fragilis, que la salud no está garantizada, que mientras más vivimos, somos más susceptibles, que el lograr controlar enfermedades crónico-degenerativas no implica que dejes de ser propenso a otras infecciones y que estas pueden terminar con tu vida. El Covid-19 nos recuerda que la vida tiene límites y que por más desarrollo biotecnológico estamos destinados a dejar de existir, que la salud no se puede comprar y que tenemos que aprender a cuidarla.

La segunda lección es que la salud está por encima de la economía, si bien para todos es lógico asumir esta frase, parecería que en los últimos años se volvió solo eso, una frase. El presidente de EU, Donald Trump, canceló el programa de vigilancia epidemiológica para pandemias en septiembre del 2019, tres meses antes del inicio de la epidemia de Covid. El programa tenía un costo anual de 200 millones de dólares.

Gobiernos del mundo tomaron posturas diferentes ante lo desconocido, aquellos que apostaron por mantener un plan austero han resultado los más afectados, un mayor número de casos, aislamientos prolongados, pero de parte de la población con cierre de comercios por tiempos mal definidos y, lo más grave, un número mayor de defunciones. El cierre de fronteras, las personas rigurosamente aisladas en sus propios hogares, la realización de pruebas incluso a personas asintomáticas llevó a un costo económico elevado, pero, como premio, el control de la dispersión de la enfermedad e índices de letalidad por debajo del 2%.

Es claro, en la actualidad, que se necesita destinar un alto porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) en salud, esto incluye ciencia, tecnología, programas de vigilancia epidemiológica, formación de personal médico adecuado e infraestructura hospitalaria. El costo de esta pandemia será de dimensiones aún difíciles de calcular, pero seguramente mucho mayor a lo que se dejó de invertir en vigilancia epidemiológica en los últimos años.

La tercera lección es que no hay mejor medicina que la preventiva. Llevamos siete meses lidiando con una enfermedad para la cual no hay aún un tratamiento específico y no existe una vacuna. Se han realizado miles de estudios con resultados contrastantes en donde se considera a un tratamiento efectivo cuando este logra disminuir la mortalidad de pacientes graves en un 30%. Sin embargo, dentro de toda esta investigación científica, lo que ha quedado claro es que el lavado de manos, el uso de cubrebocas, el mantener distancia entre los individuos evita esta diseminación viral y por lo tanto se logra disminuir la propagación del virus. De esta forma existen menos enfermos, menos hospitalizados y menos defunciones. Medicamentos que cuestan cientos de dólares no logran salvar la cantidad de vidas que el agua y el jabón sí ha hecho. El concepto de higiene ha ayudado no solo a evitar la propagación del virus, sino también ha tenido un efecto en la disminución de las infecciones gastrointestinales. Lo simple puede resultar más efectivo que el más caro de los tratamientos.

El daño provocado por el Covid-19 será recordado por mucho tiempo, aún tenemos dudas y preguntas que no hemos podido resolver, la duración de la inmunidad, la disponibilidad de una vacuna, las secuelas físicas y psicológicas de los pacientes y sus familiares. Hemos aprendido también acerca de su comportamiento biológico, su capacidad de transmisibilidad, se han logrado identificar a los pacientes con factores de riesgo, para tener en ellos más cuidados de no infectarse. Pero si queremos ver hacia el futuro, si de verdad reflexionamos en la catástrofe que ha resultado la pandemia y aprender de ella, tenemos que ser humildes y vernos como somos, seres susceptibles que requieren mantenerse con una higiene física y mental, en donde la alimentación, las horas del sueño y la búsqueda de satisfactores en nuestras rutinas nos mantendrán menos vulnerables a eventos como este. Tenemos que entender que el dinero invertido en salud es fundamental y que no hay mejor medicina que la preventiva. Podemos ver este año como uno de los más destructivos de la historia reciente, pero también lo podemos ver como el inicio de una nueva forma de vivir.

*Francisco Moreno Sánchez es médico internista e infectólogo. Encargado del programa Covid-19 del Centro Médico ABC.

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