La pandemia de 1918 nos recuerda que todavía no podemos celebrar el fin del COVID-19

John M. Barry es el autor de ‘La gran gripe: la historia de la pandemia más mortal de la historia’ y académico de la Facultad de Salud Pública y Medicina Tropical de la Universidad de Tulane.

(Washington Post).- Más de un año después del inicio de la pandemia, la situación sigue siendo caótica. Sin vacunas, recursos o buenas políticas, India, Turquía, gran parte de América del Sur y muchos otros lugares están sufriendo el efecto devastador del virus como nunca antes. Europa finalmente está mejorando su situación tras unos meses muy difíciles, mientras que en Estados Unidos el fin de la pandemia pareciera avizorarse en el horizonte.

¿Hay alguna lección que se pueda extraer de este panorama? ¿Tiene la experiencia de la pandemia de 1918 alguna lección valiosa para la realidad actual?

Para responder primero a la última pregunta, es bueno recordar que la pandemia de 1918 comenzó en la primavera con una primera ola intermitente que no fue más mortal que la gripe común, y que poco después, al parecer, desapareció. Una variante más contagiosa y más letal causó una segunda ola mortal, y luego también pareció desaparecer. En marzo de 1919 otra variante detonó una tercera ola mucho menos mortal que la segunda pero más letal que la gripe estacional. La enfermedad de la primera ola brindó protección contra la segunda ola, pero ni la infección de la primera ni de la segunda ola pudieron frenar la variante de la tercera ola. Futuras mutaciones, combinadas con una capacidad mejorada de respuesta del sistema inmunitario, ayudaron a convertir el virus en una gripe ordinaria estacional, hasta que fue reemplazada por la pandemia de gripe de 1957.

El COVID-19 jamás va a desaparecer, pero sí existe una posibilidad razonable de que siga el precedente de 1918 y se convierta en una enfermedad endémica similar a la gripe que puede llegar a ser letal —sin duda seguiría siendo lo suficientemente grave como para no ignorarla— y que requerirá de actualizaciones de vacunas pero no de cuarentenas. Ese sería el mejor escenario.

Sin embargo, en términos de impacto social, cultural y económico, lo de 1918 no es un precedente. La primera ola de esa pandemia, en especial en Estados Unidos, fue tan leve que pasó desapercibida, y ninguna ciudad tomó alguna medida de salud pública. Durante la segunda ola la mayoría de las ciudades cerraron las escuelas, teatros y cantinas, y algunos exigieron el uso de máscaras. Pero una de las mayores diferencias entre la pandemia de 1918 y la actual es la duración. La enfermedad de 1918 afectaba por lo general a una comunidad determinada durante alrededor de seis a ocho semanas, y las restricciones por lo general duraban solo de tres a cinco semanas, un período demasiado breve como para generar cualquier tipo de impacto permanente en el comportamiento.

Debido a que la enfermedad desapareció de forma abrupta, la sociedad volvió rápidamente a la normalidad prepandémica. La tercera ola afectó a muchas ciudades —aunque no a todas— pero llegó de forma inesperada, por lo que no afectó los comportamientos, y pocos lugares restablecieron las restricciones para combatirla.

En cambio, más de un año de COVID-19 ya ha alterado nuestros hábitos de trabajo y de vida. Zoom llegó para quedarse. Menos trabajadores de oficina estarán en sus puestos de manera simultánea este otoño, lo que afectará todo, desde los bienes raíces comerciales hasta el tráfico, el uso del transporte público, las “horas felices” después del trabajo y la economía de los pequeños restaurantes. La arquitectura cambiará: las ventanas volverán a estar abiertas.

¿Será que a la pandemia, como muchos suponen, le seguirá un auge económico? Es probable, pero aquellos que relacionan la pandemia de 1918 con los “Felices años veinte” ignoran el impacto cultural mucho mayor de los 20 millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y los eventos de 1919, 1920 y 1921. Uno de los años más difíciles en la historia de Estados Unidos fue 1919, en el que hubo un “Temor rojo”, golpizas y linchamientos de soldados negros que regresaban de la guerra, protestas raciales en Chicago y disturbios relacionados en otras 25 ciudades, el colapso de los precios agrícolas, un intento de asesinato del fiscal general de Estados Unidos, huelgas violentas que paralizaron minas de carbón y fábricas de acero, un paro policial en Boston (la respuesta de Calvin Coolidge le valió la nominación a la vicepresidencia), y una huelga general en Seattle. Luego vino una grave recesión en 1920 y 1921. Después de todo esto fue que la década de 1920 logró despegar.

En esta oportunidad, ya hemos sufrido nuestra dosis de convulsiones. Ya hemos experimentado una recesión. La demanda reprimida y el gasto de estímulo deberían generar una expansión de la economía.

Y en cuanto al COVID-19, estamos ganando la carrera entre las tasas de vacunación y la propagación de nuevas variantes, aunque nada es definitivo aún. El calor y la humedad del verano ayudarán a limitar la capacidad de propagación del virus. El año pasado predije que el verano no proporcionaría mucha ayuda porque la gran mayoría de la población todavía era susceptible a la infección. Pero ahora, con al menos la mitad de la población estadounidense ya vacunada o a punto de estarlo, el verano debería ayudar. Sin embargo ya ha sido verano en Brasil y en la India, y como ha quedado demostrado, no es una panacea.

Si Estados Unidos tiene buenas razones para esperar llenar estadios de futbol americano este otoño, esa expectativa debe venir con dos salvedades. Primero, podrían surgir variantes capaces de sobrevivir a las vacunas y la inmunidad natural. Hasta el momento las vacunas han sido efectivas con las mutaciones, pero eso podría cambiar.

En segundo lugar, la arrogancia no es buena consejera. La desesperada situación de India se debe en gran parte a que el gobierno pensó que había derrotado el virus e ignoró el consejo de la comunidad científica al reabrir todo demasiado pronto y sin haber realizado una vacunación generalizada. Las tasas de vacunación de Estados Unidos están cayendo a nivel nacional, pero varios estados del sur ya están incluso muy por detrás de esa tasa nacional. El gobernador republicano de Florida, Ron DeSantis, acaba de emitir una orden que cancela todas las restricciones impuestas por los gobiernos locales, una acción que podría ser emulada por otros estados. Estas no son buenas señales, y todo esto podría terminar generando un rebrote de infecciones.

Desafortunadamente para gran parte del mundo, la situación sigue siendo desalentadora. E incluso en Estados Unidos nos queda mucho camino por recorrer antes de que podamos cantar ese himno de la década de 1920, Happy Days Are Here Again (Los días felices han vuelto).

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